Las intermitencias de la muerte: ¿es la inmortalidad una utopía?

Saramago imagina un mundo sin muerte y expone sus fisuras: poder, burocracia y el vacío de una vida interminable.

LITERATURA

Escrito por: Natalia Pachón - Directora de Producción y Marketing de PITANGUS

1/31/20263 min leer

Las intermitencias de la muerte: ¿es la inmortalidad una utopía?

“Al día siguiente no murió nadie.” Con esta frase inicia y termina Las intermitencias de la muerte, uno de los libros más recordados y célebres del escritor portugués José Saramago, ganador del premio nobel de literatura en 1998. Esta obra fue la encargada de abrir nuestro 2026 en el club de lectura familiar al que pertenezco desde hace ya cuatro años, y fue parte también de uno de los proyectos más bonitos en los que trabajamos desde PITANGUS en 2025: el Club de Lectura - El Escondite de Lucía.

Esta novela, fiel al estilo de Saramago, utiliza el humor como bisturí para diseccionar las grandes obsesiones humanas: la muerte, el poder y la ilusión de control. Lejos de plantear un relato solemne, el autor propone una de sus ficciones más provocadoras: un país anónimo en el que, de un día para otro, la muerte deja de actuar. Lo que en apariencia podría interpretarse como una utopía, la inmortalidad como sinónimo de bienestar, se revela rápidamente como lo contrario, convirtiéndose en un problema administrativo, político y moral.

Publicada en 2005, en un mundo atravesado por debates sobre el envejecimiento poblacional, el uso excesivo de fármacos y la obsesión contemporánea por prolongar la vida a cualquier costo, la novela dialoga con una época que empezaba a cuestionar no solo cómo vivir más, sino para qué.

En este contexto, la interrupción de la muerte deja al descubierto la precariedad de los sistemas que dependen de ella: hospitales colapsados, aseguradoras en crisis, gobiernos sin plan de acción y familias atrapadas en el cuidado eterno de sus seres queridos que aunque ya no mueren tampoco viven plenamente. La novela esboza entonces una reflexión clave: la muerte no es solo el final biológico de la vida, sino una estructura organizadora de la sociedad.

El libro se ve atravesado de manera certera por un humor irónico, incómodo y que en más de una ocasión saca una carcajada en voz alta al lector. A su manera, Saramago ridiculiza discursos oficiales y soluciones “razonables” del Estado y la Iglesia, exhibiendo su incapacidad para enfrentar una realidad que desborda cualquier dogma.

Uno de los gestos más incisivos del texto es la humanización de la muerte. Cuando esta reaparece como personaje femenino con unas características que la acercan cada vez más a nosotros, descubriendo por sí misma una sensibilidad y una serie de contradicciones que nunca antes había experimentado, el autor subvierte la imagen tradicional de la parca cruel e implacable. La muerte siente, duda, se enamora y, al hacerlo, se enfrenta a su propia función. Esta personificación no busca suavizar su papel, sino complejizarlo: ella no es el mal absoluto, sino una necesidad incómoda que da sentido al tiempo, a la urgencia y a las decisiones humanas.

El estilo narrativo, cargado de frases extensas, puntuación mínima, diálogos indefinidos e ironía constante, presentes como un sello característico en sus textos, refuerza el carácter reflexivo del relato. La voz narrativa observa con distancia crítica, pero no con frialdad: hay una sátira persistente hacia el poder político, el discurso religioso y la lógica burocrática que intenta administrar lo inadministrable. La muerte, al final, resulta menos arbitraria que los humanos que buscan controlarla.

Las intermitencias de la muerte no ofrece consuelo ni respuestas cerradas. Su mayor logro es obligar al lector a enfrentar una pregunta incómoda: ¿qué valor tendría la vida si no estuviera atravesada por su finitud? En ese filo entre la risa y el desasosiego, el autor sugiere que quizá la muerte, con todas sus intermitencias, sea el último gesto de sentido que nos queda.

Fotografía: Valentina Pachón. Portada del libro "Las intermitencias de la muerte" de José Saramago.